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Historia de los jardines

Acorde perfecto entre naturaleza y arquitectura, el castillo se da a conocer a través de su alameda majestuosa. Los jardines de Catalina de Médicis y de Diana de Poitiers subrayan la elegancia de un paisaje único, entre el cielo y el agua.

En el Jardín Verde, diseñado por Bernard Palissy, en el laberinto italiano y en la armonía floral del huerto se respira el espíritu de Chenonceau. La “tranquilidad del alma” se une a “la serenidad aristocrática”.

“La belleza de Chenonceau se impone como una relación sensible « que toca el corazón ». La armonía entre el cielo, el agua, los jardines y la arquitectura interpela a todos los visitantes, cualquiera que sea su cultura de origen”

El castillo, ha prestado desde siempre una atención especial y constante al mantenimiento y al embellecimiento de sus jardines. La construcción de un laberinto y la creación del paseo nocturno han hecho renacer el “arte de vivir” en los jardines, propio del siglo XVI.

En la época de Diana y de Catalina

La edad de oro de los jardines de Chenonceau

Cuando en 1547, Diana de Poitiers obtiene la donación de Chenonceau, lo único que encuentra es un modesto huerto, espacio rustico y estrecho que no conviene al esplendor de la corte.

Es por esta razón, que durante cinco años, se hicieron trabajos importantes de habilitación que llevaron a termino la construcción de un parterre fastuoso conocido actualmente como el Jardín de Diana de Poitiers, el cual se encuentra ubicado más arriba del castillo, sobre la orilla derecha del Cher y está protegido de las crecidas del río por terrazas elevadas.

Verdadero teatro de verdor, de más de 12.000 m2, el jardín fue concebido desde su origen conforme a un plan muy simple. Dos grandes alamedas se cruzan en diagonal delimitando así cuatro grandes triángulos. Estos triángulos están divididos a su vez en compartimientos igualmente triangulares por dos alamedas en forma de cruz.

El encanto del jardín, en el momento de su concepción, dependía a la vez de la puesta en escena y de las plantaciones elegidas: árboles frutales, arbustos rústicos, espinos blancos y avellanos, mientras los bordes de las alamedas estaban sembradas de fresas y violetas.

Se sucedieron maestros jardineros de renombre, como por ejemplo el arzobispo de Tours y su vicario Jean de Selve, amigo y protector de Bernard Palissy. Una fuente, reconstituida en 2002, anima el centro del jardín, cuyo funcionamiento fue una prueba de gran innovación para la época.

Henri II, herido gravemente durante un torneo, muere el 10 de julio de 1559 sin haber podido inaugurar esa decoración maravillosa. Diana debe entregar Chenonceau a la reina viuda, Catalina de Médicis, quien intenta entonces eclipsar la suntuosidad de las realizaciones de su rival haciendo fiestas grandiosas en  honor a sus hijos.

Según Catalina, Chenonceau está destinado a convertirse en la residencia del rey igual que las Tullerías. Hace realizar trabajos monumentales. En el espacio ubicado en la parte inferior del patio y del torreón de Marques, La reina hace rehabilitar un jardín de “curiosidades”. Entre los cuadrados de flores y de arbustos se aprecia una pajarera, una casa de fieras, un aprisco, una gruta artificial y la fuente de la roca…

Aún hoy la decoración floral de los jardines necesita de muchos cuidados ya que se renueva en la primavera y en el verano requiere la instalación de los 130.000 plantíos de flores cultivados en el Dominio. Los jardines de Diana de Poitiers y de Catalina de Médicis conservan sus estructuras originales, lo que permite descubrir la gran tradición francesa sobre el diseño de jardines.